Paralelamente al proceso de globalización económica que estamos viviendo, somos protagonistas de un proceso de globalización de la cultura y de las prácticas sociales con la consiguiente resignificación de conceptos y valores.
Los medios de comunicación, la posibilidad de traslados, la literatura, los deportes, todo contribuye para que cada vez el individuo esté más integrado en el mundo, y sienta que pertenece a una comunidad desterritorializada.
Esto tiene repercusiones en el sentimiento de identidad, que ya no se define tanto por nacionalidad sino más bien por la pertenencia a "tribus" que se constituyen independientemente de la proximidad física, en torno de intereses comunes, uno de ellos, el consumo, que será focalizado preferentemente en este artículo.
La cultura joven es un claro ejemplo de esta cuestión, consumiendo o aspirando a consumir la misma ropa, la misma música y la misma comida en Londres, Tokio o Río de Janeiro.
"Los estudios de consumo cultural en diversos países muestran que, en la nuevas generaciones, las identidades son menos organizadas por los símbolos de la historia patria que por los de Hollywood o Benetton" (García Canclini: 09)
http://www.naya.org.ar/articulos/global01.htm
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